Conocer a alguien es un juego de azar,
con un ¡hola! puede terminar la conversación
ó una mueca absurda que denote un estado de estupidez
la empiece sin ni siquiera pronunciar una vocal,
pero; prefiero quedar silente contemplando
el reflejo de sus anteojos, es mejor ser un cobarde
que solo se sienta a su lado para imaginar una platica
que quizás sólo quede en un: ¿Cómo te llamas? y ¿a qué te dedicas?,
o sin esperarlo vaya hasta el altar como lo pide la iglesia y la sociedad.
Indispuesto con un parkinson de nervios
aspiro su aroma para pretender darme un suspiro de valentía,
pero; prefiero el eterno compañero de travesías por la ciudad, el silencio,
compañero rebelde que grita afónico a escasos centímetros de mi rostro
escupiendo el exceso de letras que se han acumulado en su bodega,
mis manos a punta de golpes pide una piel a la cual puedan acariciar,
mi boca exige unos labios para conversar, para besar.
Inevitablemente llega el momento de partir de su lado sin
ni siquiera contemplar más allá de sus anteojos,
con música fúnebre compuesta por los claxons
y esos desapercibidos murmullos urbanos vuelven largo el camino a casa,
mientras cae la lluvia humedeciendo los sentimientos cobardes
el mal humorado corazón me reprocha: puede que ella sea el amor del que tanto se escribe,
ó sea su nombre la palabra que falta para que este escrito sea realmente un poema
y no un intento mas en tu cuaderno de fracasos.
Oswaldo N. Flores García.